Con la pequeña Nathalia le gustaba hablar y jugar. Ella le recordaba ese lugar de dónde ella venía. Lo que más le gustaba era escuchar a Nathalia hablar de la excelente maestra que sería cuando fuera grande. Podía ver brillar las cuentas que habían sido colocadas en el alma de Nathalia al momento de su creación, cuando la niña le pedía que hiciera de alumna para ella. Las cuentas brillaban en todo su esplendor, y ella podía verlas a través de sus grandes ojos negros.

Conoció a través de las vivencias
de Luisa, sobre aquellos sentimientos que le habían advertido en su mundo, que
tenían los humanos y que ella no comprendería. Se dió cuenta por las
conversaciones que tuvo con Luisa, que ella tenía su corazón herido por
el engaño. Pero jamás entendió muy bien eso del engaño,
cual era su fin, porque lo hacían los humanos si no conducía a nada bueno, por
el contrario dañaba corazones.También conoció en carne propia el rechazo y la
indiferencia. Porque a pesar de sus esfuerzos por encajar y adaptarse al lugar
donde ahora vivía, en el barrio nunca la dejaron de ver como "la
loca". Cuando le preguntaban de donde venía o sobre su familia, sus
respuestas, esos relatos de lunática la llevaron a cargar con ese sobrenombre
todo el tiempo. Incluso después, cuando se volvió una persona más reservada y
callada con sus cosas. Como no pudo trabajar, porque ¿quién le iba a dar
trabajo a esa loca? Se quedaba en casa ayudando con el quehacer, pero casi no
salía y prefería no ser vista por las personas que llegaban de visita a la
casa. Ayudaba en todo cuanto podía, pero inevitablemente se convirtió en una
carga económica para la pequeña familia
.Con el tiempo, las cuentas a través de los ojos de Nathalia brillaban cada vez menos, y ya no quería ser maestra, paseó sus deseos por varias profesiones hasta que, a la edad de 17 años decidió que estudiaría enfermería. De los muchachos que Nathalia llevó a la casa y presentó como su novio, sólo se atrevió a hablarle a Alejandro.