En la vida hacer preguntas es algo bastante natural. Si empezamos a
hacer memoria lo más atrás en el tiempo, veremos que desde la misma infancia
todo lo que aprendemos es gracias a las preguntas que hacemos y las respuestas
que recibimos. Copiamos esquemas y preguntamos. Cuestionar es una actividad no
solo común sino necesaria. Pero hay una pregunta que es la madre de todas las
preguntas, el eje central que puede mover o detener a la gran estructura que es
la vida de cada individuo. Esa pregunta no es en realidad una pregunta puntual.
Es la base de muchas preguntas, de las más importantes: ¿Por Qué? Saber el por qué de las cosas nos da un norte, nos da la sensación de
razón, de causa, de sentido de todo. Puede que esto suene en principio algo
abstracto, así que vayamos a casos puntuales: Aquellos de ustedes que trabajan ¿por qué trabajan? Aquellos de ustedes que estudian ¿por qué estudian? ¿Por qué se levantan de la cama todos los días? Son preguntas fundamentales, y que paradójicamente se dejan muchas veces
de lado. La sociedad en la que vivimos nos hace muchas veces mover por mera
inercia: hacemos lo que los demás hacen porque es necesario / útil / está de
moda / nos obligaron. Pero en cualquier momento de la vida (no necesariamente a
los 18 años) cada persona tiene su punto de inflexión personal y empieza a
reevaluar sus criterios, a buscar su propia independencia y lo que es VITAL:
tomar sus propias decisiones. Para poder tomar decisiones es necesario tener
una base de criterio. Decidir es elegir, entre dos o más opciones, tomar algo y
soltar algo, acercarse o alejarse, ir o venir. Cada decisión va formando eso
que llamamos futuro, que no es más que lo que
vendrá como cadena de consecuencias a partir de lo que hoy hacemos. Por tanto,
entender las razones que fundamentan nuestros pasos o los pasos de nuestro
entorno crea un espacio mental adecuado para abordar a la vida misma.
Haciendo un pequeño juego “de
arriba hacia abajo” en una sucesión de preguntas y respuestas, se podría hacer
lo siguiente. ¿Por qué estudias?.
Las respuestas más comunes son dos: “para trabajar”
y “para ser alguien”. Vayamos por la primera rama: para trabajar, pues bien
¿para que trabajas? Para ganar dinero ¿Para qué ganar dinero? Para comprar
comida, ropa, zapatos, algunos lujos y diversión. ¿Para qué comprar comida?
Para poder seguir viviendo (si no comes te mueres ¿no?) Y… ¿para qué quieres
seguir viviendo? ¡Hey!, ¿qué? Esa última pregunta ya no es trivial.
Así como tampoco lo es la respuesta a la pregunta que sale de la segunda rama:
¿qué significa [para ti] ser alguien en la vida? Todas esas preguntas, y las
últimas en particular no sólo carecen de una “respuesta correcta y respuestas
incorrectas” sino que dependen netamente de quien las responde. Y lo que me
parece más importante de este pequeño juego mental: de sus
respuestas dependen las decisiones que toma quien responde.
Muchas de las preguntas
anteriores apuntan a un tema extremadamente denso que se conoce simplemente
como el “sentido de la vida”. Y no pretendo aquí dar una visión personal
unívoca, sencillamente porque han existido y existen personas muchísimo más
calificadas que yo (llamados filósofos o pensadores) que han dado incluso
respuestas antagónicas entre sí. Y no digamos las religiones (respetables todas
ellas). Pero he de admitir que hacerme esas preguntas me parece un juego un
tanto divertido y al mismo tiempo un ejercicio mental bastante útil. Quienes se
hagan esta serie de preguntas habrán de llegar tarde o temprano a la pregunta
base, que tardarán días, meses, (sino años) en contestar. Pero contestarlas
trae grandes satisfacciones.
La actividad de cuestionarnos
lo que tenemos alrededor es una de las capacidades que nos distinguen del resto
de las creaturas sobre la Tierra. Tenemos capacidad de razonamiento, del cual
se desprenden la capacidad de entender relaciones causa y efecto y de tomar
decisiones en consecuencia. Esta es una capacidad única y extraordinaria. Pero
no todos la explotamos a su máxima expresión. Hay otras preguntas que el solo
hecho de formularlas ponen a temblar los cimientos de sistemas establecidos.
Por ejemplo, se han preguntado
¿por qué tenemos
que darle el poder a las personas que están el poder? (sea el cargo
que sea) o ¿por qué tenemos que vivir
como nos ordena la sociedad, trabajando en una serie determinada de carreras
“productivas”? o
¿por qué
necesitamos al dinero?
¿No podría existir otra manera de intercambiar
entre nosotros? Las preguntas formulables acerca del sistema de vida que nos
rodea son potencialmente infinitas, sólo he esbozado un par de ellas. Pero tan
solo deténganse a pensar unos minutos en estas preguntas y encontraran análisis
muy interesantes; entre otros que vivimos en una sociedad que no está
precisamente cumpliendo su cometido… pero eso es tema para otra publicación J
Este asunto de detenernos a
pensar un poco sobre el por qué de lo que hacemos, del camino que escogemos (o
nos escogen) me parece de importancia capital en la vida humana. Tener una
respuesta propia hace que seamos libres; estar bajo las
respuestas aceptadas de terceros nos hace sumisos y/o dependientes de criterios
ajenos. La libertad es la capacidad de decidir nuestros caminos bajo nuestras
propias premisas. Premisas que necesitan un sustento, sustento que responde a
esas preguntas que empiezan por un por qué. Vivir es hacer, de eso no me cabe duda. Vivir es movimiento, es conocer cosas nuevas, tener contacto con
aquellas personas, experiencias, actividades y lugares a los que decidamos
acercarnos. Vivir es crear cada día,
un camino. No dejemos que ese camino sea el camino que otro decidió, sean
padres, profesores, autoridades, etc. Que ese camino venga de nuestra propia
alma, porque a la final es lo que viviremos nosotros y no otros.
Tan solo, pues, quise hacer
ver esa pequeña pero importante pregunta, de la cual derivan respuestas
interesantes e importantes, esa pregunta por la que todas las demás preguntas
tienen sentido y valen la pena…
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