Control es miedo

Iniciaremos este escrito con lo que fue su génesis, una palabra: control. ¿Qué es el control? Según la Real Academia Española puede tener los siguientes significados:


Para lo que nos concierne vamos a atenernos a los puntos 2 y 5 resaltados en la imagen. Ahora, piensen en la siguiente pregunta: ¿Por qué si ni aún el sistema de control más sofisticado nos asegura un control perfecto del sistema (y esto lo aseveramos como profesionales de la ingeniería que somos), si el sistema de control más moderno presenta fallas, si el sistema de control más preciso se permite un margen de error que técnicamente se le llama tolerancia, por qué los seres humanos nos empeñamos en querer tener el control completo de nuestras relaciones personales, de otras persona o de las situaciones? ¿Cómo? cuando el ser humano es el sistema más dinámico y complejo que existe!!! Es de lo más común conseguir personas que muestran una necesidad imperiosa de demostrar que tienen el control de su pareja, o de sus hijos, o de sus subordinados en el trabajo, y se alteran desmesuradamente cuando sienten que una persona o una situación se salen de su “control”. Pero, ¿se han preguntado cuál es la raíz que origina esa necesidad de control?

Ahora, siguiendo con el ejercicio, repasemos el concepto de dominio presentado en el punto 2:


Entonces podemos entender la necesidad de sentir que se ejerce control como la necesidad de sentir poder. Es decir, la persona con ansias de controlar no siente poder en sí misma y necesita una fuente externa de la cual proveerse. Aquí llegamos a la raíz de este big issue colectivo, porque lamentablemente son agujas en un pajar las personas que no poseen esta característica y por el contrario se sienten en sí mismas personas empoderadas.
Definitivamente cuando algo nos choca, lo que realmente sucede es que ese ‘algo’ nos está mostrando un reflejo, como un espejo, de cosas que tenemos que trabajar en nosotros mismos.Si dices ‘fulanita de tal, es simpática’, no puedes percibir simpatía en otros si no está primero en ti, no puedes atraer personas simpáticas si tú no lo eres con el resto. Si dices ‘fulanito de tal es un abusador, no me respeta’, tal vez deberías chequear la forma en que te tratas a ti. Definitivamente si tú no te respetas, los demás tampoco lo harán.
En el caso de las personas controladoras, cuando alguien se sale de su control lo viven como una afrenta personal, como una grosería. Cuando es una situación lo que se sale de sus manos, sienten que el mundo, el universo, la vida conspiran en su contra. ¡Nada más alejado de la realidad! El control, es una ilusión. La necesidad de control no es más que un grito desesperado de nuestro ego que lo que hace es reflejar nuestra realidad interna, en la cual nos sentimos amenazados ante una persona que según nuestros más oscuros temores demuestra mayor conocimiento, habilidades, iniciativa o belleza. Sentimos que la situación nos sobrepasa y que no somos capaces de salir airosos de ella o que no sabremos cómo sacarle provecho. Nuestros temores nos ganan, nos disminuyen ante la situación o ante la otra persona, nos hacen no reconocer el poder que hay innato en nosotros y por tanto lo buscamos afuera. Cuando pretendemos controlar a nuestra pareja estamos proyectando falta de valoración personal, que el respeto por nosotros mismos no es nuestro fuerte. Cuando ansiamos controlar todo sobre la vida de los hijos es porque no confiamos en los valores que hemos inculcado en ellos o en los lazos que hemos creado con ellos. Cuando nos molestamos porque nuestros subordinados se nos salen de control reconocemos que no estamos a nivel de poder ser su ejemplo, guía y líder. Cuando una situación nos saca de quicio, manifestamos que no tenemos el poder de dirigirnos a nosotros mismos bajo cualquier circunstancia, nos sentimos perdidos.
Un factor escabroso en este tema, es sin duda la falsa percepción del interés al actuar a favor de otros, con la esperanza de que esto implique una reciprocidad obligatoria, y por ende, se genere una suerte de control indirecto sobre las actitudes de los otros. Esta acción que usualmente se conoce como “sacar en cara” lo hecho previamente por los demás, me parece una de las más cuestionables de todas, y en aras de no sonar demasiado “comeflor” con esta idea, me parece que lo más saludable para cualquier tipo de relación interpersonal es la libertad de opiniones y acciones, cuyo rango de acción siempre está limitado si una de las dos partes desea poseer el control vitalicio sobre la situación y la persona.
Las relaciones de dependencia, son sin duda una siembra en arenas movedizas, nada consistente ni certeras. Ofertas de tiempo limitado en las que eventualmente alguna de las partes (o ambas) termina siendo lastimada. Resulta elemental la aplicación práctica de la asertividad en nuestro proceder: ¡Qué fácil sería ponernos en los zapatos del otro antes de actuar de una u otra manera! ¿Te gustaría ser tratado como un empleado en una relación de pareja, por ejemplo? Muy probablemente no quieres a un(a) novio(a) para entregarle informes acerca de tu gestión semanal. Entonces primero evalúa tu criterio de comportamiento y piensa más de dos veces, si es posible, como se siente el otro al momento de interactuar contigo, si estás presentando actitudes controladores con aquellos que más quieres.
La creencia de que tenemos el control de algo o de alguien, implica también creer que en cualquier momento podemos perder ese control. Este pensamiento es limitante. Su contraparte es la creencia de que si me conozco, me tengo y si me tengo no me pierdo jamás. Si tengo el control podré actuar sólo mientras lo tenga, si me tengo puedo actuar siempre y hasta la no acción se puede volver algo de nuestro provecho. Si tengo el control alguien me lo puede arrebatar, si me tengo es imposible que alguien me quite de mi. Si tengo el control el peligro latente de perderlo me perturba, si me tengo los hechos externos no tienen un efecto en mi sino soy yo quien produce un efecto en el entorno. 
Pendientes!!! No hay que confundir el control con conceptos similares como disciplina u orden. Porque si tenemos una planificación y se cae, siempre se puede reprogramar. Si contamos con disciplina, como cualquier otra programación de vida difícilmente se pierde, puede que tomemos una vacacioncita de la disciplina, pero ¿perderla? Lo dudo. Pero en el momento en que el perder la planificación o que se rompa una disciplina represente un drama existencial, laboral o interpersonal, en ese momento ya la disciplina, el orden, la planificación dejan de ser herramientas para la productividad y pasan a hacernos esclavos de nuestro ego.
Y hablando precisamente del enfoque laboral, campo en el cual se cristaliza muy frecuentemente este tipo de relaciones de dominio, me parece muy importante resaltar la diferencia entre un jefe controlador y un verdadero líder. Dicha divergencia se puede ejemplificar en base a los resultados tangibles obtenidos por ambas figuras, en un campo similar:
Un jefe controlador es visto por sus subordinados (organizacionalmente hablando, claro está!), como un verdadero tirano, alguien que  en la mayoría de los casos no posee argumentos para defender sus posturas y quien suele mantener una actitud arbitraria diariamente. Su actitud no es más que una proyección de cómo, consciente o inconscientemente, esa persona desea ser vista por otros: ¿intimidante?, ¿hostil?, quizás ansía generar miedo entre sus allegados para evitar confrontaciones que lo desestabilicen. Y el resultado obtenido se traduce, simplemente, en ineficacia y/o ausencia de resultados.
En cambio, un verdadero dirigente se convierte en la primera persona que escucha a su gente, multiplicada las ideas y es promotor de cambio dentro de su organización. Éste es percibido por su personal como alguien cercano, de quien se pueden recibir sugerencias valiosas y con quien es posible explorar (sin temor a represalias) esas oportunidades de mejora que permitan optimizar los procesos y obtener resultados beneficiosos para el equipo.
Es notoria la gran divergencia que hay entre ambos sujetos, hecho que se puede extrapolar fácilmente a cualquier esfera de nuestras vidas y estoy segura de que la gran mayoría de los lectores coincidirán conmigo en que no quisieran estar en los zapatos del jefe bravucón o de los esclavos del siglo XXI. En ningún tipo de relación se obtienen resultados óptimos en base a interacciones controladoras, y resulta mucho más llevadero adoptar una postura segura y amigable que nos conduzca a tener nexos cercanos con las personas que queremos, basados en la confianza mutua, la libertad y el innegociable respeto hacia el otro.
En definitiva lo que creo, lo recreo en mi realidad. Por tanto creencias limitantes crean realidades limitantes. Y  en tiempo como los que vivimos, de cambios rápidos, de liberación, de actualización, de buscar sentirnos empoderados, definitivamente las realidades limitantes no van pa’l baile.

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