En
algún momento de nuestras vidas, todos hemos vivido una situación en la que
aparentemente la mayoría de las personas avanzan con relativa facilidad y
nosotros no. Simplemente ¡estamos estancados! Damos un paso adelante y otro atrás,
nada fluye, nada funciona, nos frustramos, nos sentimos menos y probablemente
en este punto ya nos hemos desmoralizado tanto, que nos preguntamos cosas tan
absurdas como: ¿será que soy brut@ o no sirvo para esto? ¿Será que los demás
son personas superdotadas? ¿Qué tienen ellos que yo no? También está la reacción
de culpar a nuestro entorno y caemos en los lugares comunes de “eso es que
Mercurio está retrógrado”, “Dios me está castigando”, “Murphy se ensaña
conmigo” o “el universo conspira en mi contra”. Y hasta cedemos ante el terrible
y adictivo papel de víctima y decimos ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho mal para
merecer esto? y pare Ud. de contar…
El
hecho es, que lo primero que tendemos a hacer es culpar a otros o peor aún culparnos
a nosotros mismos y darnos latigazos por “no ser tan buenos como los demás”. Honestamente
ésta es la reacción más humana. Sabemos que es así porque ambas hemos pasado
por situaciones así, nos hemos sentido en algún punto igual de mal y hemos
personificado el papel de víctimas cualquier cantidad de veces. Pero llega un
momento en que uno dice ¡basta! Enough is enough, esta
actitud es la menos indicada, ya que nos
deja en nuestra zona de comodidad, que dicho en criollo “el niño que llora y la
mamá que lo pellizca”. La vida nos golpea y nosotros sólo nos quejamos, nos quedarnos
dando vueltas en ese punto en el que cada vez nos hundimos más, nos menospreciamos
más, nos volvemos más víctimas de nuestros pensamientos y donde empezamos a
buscar afuera las soluciones que ¡sólo
nosotros nos podemos dar! Mientras más lo hagamos,
menos nos va a funcionar ya que no es algo que dependa de los demás, depende de nosotros y de lo que hagamos con
esas herramientas, esos consejos, esos regaños o esas palabras de aliento que nos
puedan llegar, como dice el dicho bíblico: “ayúdate que yo te ayudare”. Probablemente
necesitaremos éstas palabras más de una vez, porque como si fuera poco, a veces
recibimos “golpes de shock” y nos suceden cosas que realmente nos descomponen, que
nos afectan e interfieren en nuestro desempeño, nos perjudican y empeoran dicha
situación de “estancamiento”, pero que también son la vía que tiene la
vida de hacernos terminar de reaccionar.
Justamente,
como son cosas que no están dentro de nuestro control, debemos aprender a no culparnos, a aceptarlas sin que
esto implique conformismo y entender que siempre hemos estado en capacidad de
resolver cualquier “obstáculo” o situación simplemente viéndolos como una oportunidad para aprender, crecer y
evolucionar. Es decir viendo las cosas con otro cristal, dejando de ser las “víctimas que dicen que no pueden” y empezando a ser protagonistas
de nuestras vidas: personas que hacen algo al respecto, que actúan. A partir de este cambio de actitud, podemos
empezar a “tumbar” esas barreras que nos autoimpusimos en un principio: no eres
bruto, no es que no sirves, no naciste aprendido ni nadie espera que actúes
como tal, los demás no son mejores ni peores que tu y mucho menos superdotados,
tampoco tienen un infalible secreto para el éxito que no quieren compartir contigo,
simplemente son personas que quizás manejan
herramientas que tú tienes pero aun no concientizas, y que por lo tanto han estado más enfocados que
tú en sus metas. Por ejemplo, son personas que se conocen mejor y entendieron
que cada cabeza es un mundo, no todos podemos pensar ni funcionar igual.
De
hecho si te fijas en esas personas que consideras exitosas, son personas que
casi siempre se hablan y hablan a los demás en positivo. Por ejemplo no se
quedan sólo en reconocer que no son brutos sino que se valoran como
inteligentes, no se quedan sólo en saber que no es que no sirven para
determinada actividad sino que se reconocen desde la humildad de que aun les
falta por aprender para perfeccionar la técnica. Pero para autovalorarnos
necesitamos primero conocernos. No podemos valorar lo que no conocemos, dicho
esto entonces ¿por qué no dejar el miedo, calmarse y tomarse un momento para
conocerse?, dejar de tratar de encajar en un molde que no se adapta a ti, ¿por
qué no ser nosotros mismos?, saber y respetar nuestro propio método de
trabajo, si no nos respetamos nosotros mismos no podemos esperar respeto del
resto. Por qué no proponer nuestras ideas, conocer nuestras horas para cada
cosa, qué nos gusta y qué detestamos, qué es lo que queremos y cómo lo lograremos.
Pero sobre todo ¿por qué
no creer y apostar por nosotros?
La fe en uno mismo es
una fuerza inigualable que no puedes obtener de nadie,
aunque todos quieran ayudarte, si tú no crees en ti, jamás creerás de lo que
eres capaz. Se constante, aunque no veas la luz al final del túnel sino sólo
unos pasos, ¡sigue adelante! por algo se
dice que “el que persevera alcanza” y ya no te tortures por lo que no hiciste
ni por cuánto tiempo has estado estancando, no gastes más energía en eso “lo
hecho, hecho esta”. Invierte tu energía en actuar mejor en el presente, para
salir de esa zona cómoda tan incómoda, recuerda que siempre
has estado en capacidad de hacerlo y que el mayor obstáculo has sido TÚ. Nosotras sólo te estamos regalando
un cristal más para reconocer tu valor, que aprendas a apartarte de tu camino y
empieces a alcanzar lo que tanto anhelas.
by
en colaboración con