No me gustan las mariposas



Un día, reunido con tus amigos, decides tener un detalle con las chicas del grupo y hacerle a cada una figura tipo acordeón de algo que le guste. A algunas les fabricas un osito, a otras mariposas, en fin. Pero cuando llegas a la chica que le gustan las libélulas… primer intento ¡error!, segundo intento ¡error!, la tercera es la vencida ¡no! Optas por decirle “amiga, sé que te gustan las libélulas pero intenté hacerlas y no me salieron, así que te hice unas mariposas”. A la chica le pareció tan tierno el hecho, que a pesar de no gustarle normalmente las mariposas, estas elaboradas en papel de reciclaje le parecían de lo más lindas.

Al menos, entre la gente que frecuento, suele haber la costumbre de tener en el cuarto de dormir una cartelera, corcho, pizarra, algo donde colocamos las cosas que son importantes recordar, algún horario, fotos familiares, entre otras cosas. En mi caso particular es una cartelera de elaboración propia, donde además de los pendientes se puede apreciar una especie de collage de los diferentes dibujos, freses y demás detalles que en diversos momentos me han obsequiado mis amigos. En ese collage de recuerdos, figuran unas mariposas de papel tipo acordeón que hace un par de años me regaló un amigo, Big Petter, como le llamábamos. Quien me conozca y sepa que las mariposas me parecen tontas, concluirá de esta confesión que soy una persona incongruente, a menos que lea el primer párrafo de este escrito o me conozca lo suficientemente bien como para conocer esa historia. ¿Incongruente? Más que una conclusión sería el juicio acelerado de alguien que evaluaría sin suficiente base, como generalmente la mayoría solemos juzgar. Basta con recordar cualquiera de los muchos momentos en donde hemos lanzado una “opinión”, “conclusión”, “punto de vista” o como queramos llamar a los juicios de valor que a diario y generalmente de forma inconsciente emitimos.
Con esto no digo que no nos comuniquemos, tampoco que seamos personas sin criterio, pero no nos demos el papel de jueces que la vida no nos ha dado. Una sana comunicación por el contrario es realmente útil y necesaria en todas las áreas de nuestras vidas. Sentirnos libres de expresarnos, de desahogarnos no debería ser un tema tabú. Nos expresamos diariamente sin darnos cuenta, no sólo cuando hablamos, nos expresamos también a través de la música que escuchamos, en la forma en que nos vestimos, con el corte de cabello que llevamos. Entonces, si todo en nosotros es expresión ¿por qué el simple hecho de traducir esto a palabras se torna un tema tabú? ¿Por qué pueden juzgarnos? ¡So what! Esos juicios, todos y cada uno de ellos tendrán en tu vida el peso que tú decidas que tengan, y verás que los beneficios de ser sincero, transparente y no tener a cuesta el peso de las cosas que se guardan, valen mucho más.
Este tema vino a mi mente hace cierto tiempo, tras recibir un mensaje privado por mi cuenta de FaceBook de una compañera de quien tenía tiempo sin saber de ella. Sin entrar en por menores de los detalles de su comunicación, más allá de molestarme (como ella pensaba que sucedería) me sorprendieron muchas cosas. Al plantearme que estaba cansada de leerme, cuando yo por mi lado jamás pensé que se tomaría tiempo para leer todos y cada uno de mis estados estando físicamente tan lejos de mi, me recordó que más allá de que somos comunicación constante, esa comunicación afecta a nuestro entorno también de manera constante y muchas veces sin que nos percatemos de ello, como una especie de efecto mariposa. Me recordó que por más adultas que sean las personas que nos rodean no siempre tienen la madurez de saber filtrar el inmenso cúmulo de comunicaciones que día a día nos llegan a todos. Que siempre es bueno tener presente que la comunicación es como la comida, está toda ahí a la orden del día, de todo tipo tanto sana como junk, pero es nuestra elección y nuestra responsabilidad saber seleccionar que es lo que tomaremos para nosotros. No son los demás los que deben limpiar nuestro entorno de lo que puede ser junk para nosotros, ya ellos tienen bastante con la responsabilidad de seleccionar lo propio para ellos.
Pero de todo, lo que más me sorprendió al punto de hacerme sentir un poco de dolor ajeno fue cuando leí la siguiente parte:
 Me puse en su lugar, imaginé tener toda una vida callando pensamientos, expresiones, dejándome llevar por el ‘qué dirán’ y… ¡no! Definitivamente no podría soportarlo. Entendí su necesidad de explotar con alguien por la razón que fuera. Somos comunicación e ir en contra de nuestra propia naturaleza puede generar sentimientos de asfixia como este que nada bueno nos trae. Sus juicios, fueron para mí como saber que alguien crea que soy incongruente al ver mariposas de papel en mi cuarto por no saber la historia que llevan. Lo que en verdad me quedó fue una calma satisfacción de lograr que al menos una persona lograra, aunque fuera una vez, romper la barrera de la anulación de sus propios pensamientos y saliera de su zona cómoda. Ojalá lograra este efecto en más gente, ojalá no se haya arrepentido.

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