¿Quién
no ha tenido fuertes discusiones con sus padres? No es un secreto para nadie
que en la medida que ellos se adentran en la famosa tercera edad se vuelven
más tercos, peleones, malhumorados y hasta posesivos. Pero en algún momento se
han parado a pensar qué origina (de fondo) esas peleas padres vs.
hijos. Ofreciendo una perspectiva que asumí hace poco y
que en verdad les puedo decir que me ha servido, les diré que las diferencias
que tenemos con nuestros padres, cualquiera de ellas, son súplicas
disfrazadas de peleas. Sí, así como lo leen. Súplicas de lo más
profundo de nuestras almas, que todavía creen que estamos en los roles
de hijos necesitados y padres proveedores.
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Emigrar = ? Oportunidad
Pues bien, en las publicaciones anteriores les comentamos sobre cómo convertir una crisis en una oportunidad y sobre lo que el mundo está esperando realmente de nosotros. Ahora, han pensado ¿qué pasaría con ustedes si en medio de ese proceso tienen que emigrar?
Mucha gente también piensa que irse a estudiar y/o
trabajar a otro país es sinónimo de echarse en una tumbona a la orilla de una
piscina tomando piña colada. Siento desilusionarlos, porque no estamos hablando
de vacaciones; imagina que te vas a vivir a una isla desierta sin tu mamá para
que te cocine, ni pase coleto debajo de tus pies, ni recoja tus miserables
interiores del suelo, pues es algo como eso. El propósito de salir a estudiar o
trabajar en otro país no es tarea fácil como muchos creen, es un camino lleno
de obstáculos, donde te darás cuenta que quizás no eres tan maduro como creías.
No me gustan las mariposas
Un día, reunido con tus amigos, decides tener
un detalle con las chicas del grupo y hacerle a cada una figura tipo acordeón
de algo que le guste. A algunas les fabricas un osito, a otras mariposas, en
fin. Pero cuando llegas a la chica que le gustan las libélulas… primer intento
¡error!, segundo intento ¡error!, la tercera es la vencida ¡no! Optas por
decirle “amiga, sé que te gustan las libélulas pero intenté hacerlas y no me
salieron, así que te hice unas mariposas”. A la chica le pareció tan tierno el
hecho, que a pesar de no gustarle normalmente las mariposas, estas elaboradas
en papel de reciclaje le parecían de lo más lindas.
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Mi amiga Samantha.
Hoy en la tarde tuve la oportunidad de compartir con varios amigos que la vida me ha dado, pero una de ellos, muy especial. Quizás ella por su corta edad no alcanza a comprender a nivel consiente lo especial que es para mí, pero lo siente, lo sé. Y sin saberlo, hoy particularmente me ayudó a tener un pequeño respiro en medio de esta parte del teatro de mi vida que a veces amo y que a veces odio, y que suelen llamar adultez. Hoy mientras la veía, corría alegremente, libre. Capaz de convertir repentinamente un espacio, que para los miles que transitamos por ahí es sólo un murito más de la Universidad, en la pista a través de la cual corre Batman a salvar al desvalido. Así, sin saberlo, ella corría a salvarme del ahogo que a veces me produce esta etapa de mi vida.
La veía y la comparaba
con nosotros, los adultos. Y creo, que desde cierto punto de vista, a medida
que crecemos nos volvemos tontos. Y no me refiero a conocimientos técnicos o
académicos. Sino al sentido común, a que nuestro principal norte debería ser
felices y punto. Y sé que muchos saltarán a pensar de inmediato que la causa de
nuestras tristezas, rabias y cualquier otro tipo de sinsabores con la vida se
debe a lo que llamamos 'la necesidad', necesidad de llevar sustento a nuestros
hogares, de solventar roces con amigos, compañeros de trabajo, jefes, curar
problemas de salud y una larga lista que, sí, existen! lo sé! los conozco y los
vivo en carne propia día, tras día, tras día... Pero ella también tiene
necesidades. Y entonces me dirán que las necesidades de los niños no son
necesidades reales. Pero sí lo son, así como también lo es que cuentan con
menos conocimientos y recursos de los que poseemos los adultos. Así que la
relación se mantendría hasta ahora proporcional. Por ejemplo, en el momento en
que estábamos juntas, ella tenía la necesidad de jugar. Es una necesidad
científicamente demostrada de cualquier cría de cualquier especie, incluida la
humana. A la mano no había ningún juguete con lo que pudiera satisfacer dicha
necesidad. Sin embargo nada le impidió jugar. Un muro y sus ganas fueron
suficientes para que en instantes fuese Batman, una viejita, un conejo, un
sapo, Superman, un avión... y fue feliz. Y quería que jugara y corriera a la
par con ella, pero no la complací. Porque mi cuerpo a veces se comporta como si
tuviera más edad de la real. Porque el peso que tiene mi alma desde hace poco
más de un mes, me lo impedía aún más. Y porque mi única necesidad en ese
momento era verla correr y reír libre, porque a través de ella mi alma también
lo hacía. Y a pesar de que ella no obtuvo de mi lo que esperaba en ese momento,
jugó y fue feliz.
Me pregunté entonces
dónde quedó mi capacidad de ser feliz a pesar de lo que hubiese o no hubiese en
mi camino. Hace pocas horas una amiga me preguntó un 'cómo estás?' y me pareció
una pregunta tan difícil como cualquiera de las que pudieran hacerme en un
parcial de termo 3 o de fenómenos 3. Y que me perdone por utilizar una
respuesta estándar, pero es que su amistad es muy reciente como para
atiborrarla con mis explosiones, o al menos eso me pareció. Mi respuesta real,
la que pasó por mi mente un instante antes de decidir no colocarla, fue que me
han pasado cosas tan maravillosas en estos días y otras tan fuertes y dolorosas
que en verdad no sé cómo estoy. Que veo a mi alrededor y los personajes más
importantes en mi escenario, están igual o peor que yo en este aspecto. Que
siento que a pesar de todo mi sentimiento hacia esas personas y mis inmensas
ganas y necesidad de poder ayudarlos, no puedo. Que otros tantos no están tan
agobiados y sin embargo no valoran eso y viven irresponsable, insensible y
tontamente, buscando agobios ficticios, y me consume la rabia y la
impotencia... en lugar de ser feliz, de ser felices.
Y sí, también estoy
consciente de que uno no puede ser feliz todo el tiempo. Pero sí podemos buscar
ser felices una buena parte del día. Por eso decidí pasar por encima de lo que
debo y tengo que hacer y venirme a pasear por este lado del mundo en dónde soy
feliz, las letras. Y tomaré esos momentos pequeñitos de felicidad real, los
juntaré todos y fabricaré mi murito particular, para cuando la procesión que va
por dentro tome fuerza. Y correré tan fuerte por él, hasta que consiga mi
capacidad de ser niña otra vez. Como ya lo hice una vez.
Nunca
somos lo suficientemente grandes para aprender, ni lo suficientemente pequeños
para enseñar.
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