¿Qué tal si nos dejamos querer?


¿Quién no ha tenido fuertes discusiones con sus padres? No es un secreto para nadie que en la medida que ellos se adentran en la famosa tercera edad se vuelven más tercos, peleones, malhumorados y hasta posesivos. Pero en algún momento se han parado a pensar qué origina (de fondo) esas peleas padres vs. hijos. Ofreciendo una perspectiva que asumí hace poco y que en verdad les puedo decir que me ha servido, les diré que las diferencias que tenemos con nuestros padres, cualquiera de ellas, son súplicas disfrazadas de peleas. Sí, así como lo leen. Súplicas de lo más profundo de nuestras almas, que todavía creen que estamos en los roles de hijos necesitados y padres proveedores.

Cuando somos pequeños nuestros padres nos proveen de todo: protección, comida, ropa, valores, estructura mental y emocional, vivienda, etc. Porque nosotros mismos no nos lo podemos proveer en ese momento. Poco a poco nos volvemos más fuertes, con más destrezas y por tanto con más capacidad de proveernos a nosotros mismos. Por ejemplo, de bebés nos ponen la comida en la boca, luego en la mesa, luego en la nevera de la casa, hasta que finalmente somos nosotros los que, ya crecidos, vamos a comprarla. Así mismo sucede con todo lo que vamos necesitando a lo largo de nuestra vida. Llega el punto en el que somos autosuficientes, somos adultos, trabajamos, nos ganamos nuestro propio dinero y por tanto podemos tenerlo todo por cuenta propia (ropa, alimentos, casa, etc). Igual a nivel no material, hemos desarrollado valores, criterio, gustos y emociones que si bien han sido influenciados por nuestros padres, ya no son exactos a los de ellos.

Al alcanzar nuestros padres la “tercera edad” ellos pasan a ser los necesitados, progresivamente van perdiendo la capacidad de autosatisfacerse y dependen de otros para ropa, vivienda, zapatos, recreación, seguridad. Y tanto padres como hijos nos resistimos al cambio, nos negamos a la nueva realidad. Los hijos queremos seguir siendo los nenitos de nuestros padres y tal cual, como niños hacemos berrinche para expresar nuestra negación. Por su lado, los padres, conscientes de su nueva realidad: pérdida de facultades físicas y mentales, pérdida de la independencia económica y de acción, en muchos casos de la pérdida de ese “poder” de autoridad sobre nosotros, sus “eternos niños”, y conscientes además de que no pueden hacer nada para revertir la situación porque el tiempo no tiene amigos, reaccionan también. Se da la confrontación de necesidades. Nosotros recordamos que teníamos esas necesidades y lo cómodos y lo bien que nos sentíamos cuando nos las satisfacían y ellos no se saben manejar ante la novedad de sus nuevas necesidades. Suplicamos, peleamos. Y ¿a quién le gusta un ambiente de peleas constantes? Luego viene el buscar alejarnos, para evitar.

Si hacemos un cambio de pensamiento, asumimos que ya no somos unos needy kids, que tenemos lo necesario para satisfacer nuestras necesidades primordiales, que nuestros padres poco a poco se irán convirtiendo en unas creaturitas con necesidades reales y en aumento, que nosotros poco a poco debemos aprender a ser nuestros propios padres y a ser los padres de nuestros padres, verán como pasito a pasito ellos también irán soltando la resistencia a asumir sus nuevas necesidades y se darán permiso de recibir ayuda de nuestra parte, incluso hasta consejos. Si quieres ver un cambio externo, sé tú el cambio que quieres. Al tomar esta perspectiva he notado el amor que hay tras esos regaños, esas críticas, esos juicios, esas peleas… esas distintas formas de súplica. Es más fácil entender que no es que no quieran que compartamos con nuestros amigos, es que nos extrañan porque en algún momento nos tuvieron sólo para ellos y se sienten desplazados, y suplican. No es que quieran controlar todo, es que a veces no se hallan sin esa sensación de que alguien dependa de ellos hasta para lo más mínimo, y suplican. No es que sean orgullosos y no se dejen ayudar, es que olvidaron cómo es eso de depender de alguien y se sienten torpes, y suplican. Es decir, aprendieron a querernos de una forma… ¿y ahora resulta que esa forma de cariño ya no sirve?

¿Qué tal si nos dejamos querer? Por qué no programar tiempo en nuestras apretadas agendas para pasarla con ellos. Por qué no exaltar sus facultades no disminuidas como la experiencia o su capacidad de amar, en lugar de poner el dedo en la herida mostrando las capacidades desgastadas como la memoria o la vista. Por qué no pasar la mañana de cumpleaños con ellos y en la tarde con los panas. Por qué no respirar profundo y contar hasta diez cuando nos preguntan por tercera vez, eso que, ya habíamos explicado. Por qué rechazar ese amor sólo porque no viene en la presentación exacta que nuestro ego caprichoso exige.

No es fácil cambiar de estructura mental, menos cuando es una conducta arraigada por los años. Pero bien vale la pena trabajar en ello.


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