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En su casa hubo
varios perros. R conocía del elevado afecto que se puede sentir por un ser
incondicional. Lo sabía por experiencia propia. Una experiencia que constituía
uno de los recuerdos de su infancia. A sus seis años, poco antes de que su
primera hermana naciera, presenció la muerte de su primera mascota, quien solo
viviría pocos meses. Su primer perro moriría al ser atacado por un animal
venenoso que se encontraba en el jardín de la casa. El mismo veneno que pudo
haber alcanzado al niño R de no ser por la defensiva del cachorro. Quizás los
pocos meses que duró la vida de su primer perro, o su inocencia a sus 6 años de
vida, no lo conllevaron a un sentimentalismo. R no lloró la muerte de su primer
perro, pero sí la entendió. El hecho le había llevado a comprender el fin de la
existencia de un ser cercano.