C
En su casa hubo
varios perros. R conocía del elevado afecto que se puede sentir por un ser
incondicional. Lo sabía por experiencia propia. Una experiencia que constituía
uno de los recuerdos de su infancia. A sus seis años, poco antes de que su
primera hermana naciera, presenció la muerte de su primera mascota, quien solo
viviría pocos meses. Su primer perro moriría al ser atacado por un animal
venenoso que se encontraba en el jardín de la casa. El mismo veneno que pudo
haber alcanzado al niño R de no ser por la defensiva del cachorro. Quizás los
pocos meses que duró la vida de su primer perro, o su inocencia a sus 6 años de
vida, no lo conllevaron a un sentimentalismo. R no lloró la muerte de su primer
perro, pero sí la entendió. El hecho le había llevado a comprender el fin de la
existencia de un ser cercano.
Con la llegada de
sus hermanas y posteriormente de otros canes, serían ellas quienes se
encargaran de sus cuidados. Pero inclusive durante la época de su emigración a
la ciudad capital, a pesar de la distancia y de su ausencia en el cuidado de
los caninos, la mutua simpatía que podía sentir por ellos era única. Cada uno
de ellos siempre fue un miembro de la familia.
Al graduarse y
regresar a su casa, R recibió a C como cachorro. Era una raza de particular
belleza e inteligencia. Ahora tendría cuatro años humanos y lo amaba como a un
hermano. Su desaparición sería algo que R comprendería. Eso era lo que creía en
ese momento.
El Ritual
La noche anterior
al sacrificio, R fue a misa. Oró para que su plan le resultase según lo
esperado. Y también oró para despedirse, porque si su plan no procedía como
deseaba, sería la última vez que se comunicaría con el reino de los cielos.
Había llegado el
día. C gustaba de los paseos en automóvil. Para R no fue ningún inconveniente
convencerlo de una visita a la playa. Llevaba, además de los implementos para
la fogata, unas amarras, un machete y una navaja, ambos bien afilados. Hubiese
deseado llevar algún sedante, pero sabía que su amigo debía estar consciente en
el gran momento. Cuando llegó a playa P eran las 22 horas. Dejó que C corriera
por la orilla de la playa y nadara en ella. R le observaba en lo que serían sus
últimas acciones en vida. Mientras tanto, aunque quería evitarlo, le era
imposible no recordar esas innumerables y agradables vivencias con su fiel
mascota. Por momentos se le hacía inconcebible su intención de sacrificarlo.
Pero no debía dejarse amilanar por estos sentimientos, sabía que la fortaleza y
disciplina mental eran claves en la consecución de grandes proezas. Así que
respiró profundo y congeló su corazón para continuar.
Recolectó ramas
secas en los alrededores con la escasa vegetación xerófita. Y luego preparó la
fogata a pocos metros de la orilla de la playa, asegurándose que el agua con
sus olas y marea no la tocasen. En seguida, cercano a la fogata, con una rama
dibujó en la arena un pentáculo. Lo hizo lo suficientemente grande como para
que él y su amigo cupiesen en el centro. Ya solo faltaba esperar minutos para
la media noche y dar comienzo a su comunión.
Eran las 0 horas.
Una noche despejada y sin la luz de la luna, con un firmamento lleno de
estrellas que presenciarían el gran ofrecimiento y la subsecuente posesión
espiritual. R amarró las extremidades de C. C, como la gran mayoría de los de
su especie, tenía confianza ciega en su amo. Y aunque se extrañaba de lo que
estaba ocurriendo, nunca se opuso, simplemente yacía de medio lado, inmóvil,
sin quejarse. R desnudó su cuerpo, se sumergió en la orilla de la playa, tomó
arena con sus manos y la frotó en su cuerpo y sintió el roce del viento y la luz
de las estrellas. Respiró y dio gracias a Madre Tierra por alimentarle la vida
con aire, agua y los productos de sus entrañas. Manifestó con pensamientos y
palabras el maravilloso sacrificio que estaba a punto de ofrecer. Se acercó a
la fogata y comenzó a caminar alrededor de ésta, sintió su luz y calor, su
energía. Mientras caminaba alrededor de la fogata levantó su mirada al
firmamento, extendió sus brazos y comenzó a invocar con oraciones salomónicas y
con una subsecuente danza, a sus hermanos eternos de luz para que le
favorecieran en lo que haría a continuación. C esperaba, entendía que su amo
estaba por realizar algo importante. R se acercó al pentagrama, y con palabras
de conjuro pidió con gran deseo, amor e histeria que en su cuerpo humano se manifestasen
los grandes poderes de la criatura capaz de controlar los fenómenos de la
naturaleza. Se colocó sobre C y tomó la herramienta afilada. C lo miraba, ahora
con algo de desesperación, pero sin oponerse, porque él también sentía que su
sacrificio era necesario por la grandeza de lo que su amo estaría por
experimentar. Pero aun así, por su instinto a la sobrevivencia, lloró por su
propia vida que estaba por extinguirse. R se despidió de él besándole en su
cabeza. Tomó el machete y lo colocó sobre el cuello de su amigo canino. Y luego
con gran fuerza y decisión, apoyó el peso de su cuerpo sobre la herramienta
afilada y degolló a su amigo, cuyo último gemido, lo llenó de fuerza para
terminar de completar su acto, pues la vida de su can no se iría en vano. En el
momento de la degollación, R lanzó al firmamento un grito del tamaño de un
trueno, y con el cuerpo nervioso y las pulsaciones aceleradas, embriagado de
euforia, tomó la navaja afilada y buscó y arrancó el corazón del cuerpo de su
compañero. Al tomar el órgano, se bañó en su cálida sangre y bebió de ésta.
Experimentaba un anhelo de poder casi insoportable. Finalmente lanzó el corazón
del animal al fuego de la fogata, lo decapitó, arrojó la cabeza a la inmensidad
del mar y enterró el resto del cuerpo. R lloraba de poder, de felicidad, de
grandeza, de amor, de locura. Poco a poco se fue calmando, momento para el cual
el cielo estaba algo nublado, y una leve llovizna comenzó a bañarle. De repente
se sintió muy extenuado y allí, al lado de la fogata con el corazón ardiente,
cayó dormido sobre la arena.
En la lejanía
algunos lugareños que celebraban una ocasión cualquiera con bebidas y comida,
presenciaron una luminosa y estruendosa descarga eléctrica desde el cielo, el
cual se había nublado parcialmente hacia la costa.
Al despertar, con
el cielo aún a oscuras, R se levantó todavía muy extenuado por la gran energía
utilizada en el ritual de hace algunas horas. Se metió en la playa para limpiar
su cuerpo de la arena y de la sangre. Ya la fogata se había extinguido. Se
vistió, tomó sus cosas y comenzó el camino regreso a casa. Tenía que descansar
más. Luego jugaría con sus nuevos poderes.
Agua Hirviendo
con Hielo
Despertó casi al
mediodía. Se sentía algo cansado pero muy normal, por lo que su ritual había
funcionado a la perfección o simplemente no había dado resultado alguno. R
esperó que esto último no hubiese ocurrido porque no se perdonaría la pérdida
en vano de su amigo. Desayunó y se dispuso a comenzar sus experimentos. Ya la
primera prueba había sido pensada, faltaba ahora entender como funcionaría el
proceso. Tomó una olla con agua y la puso a hervir en el fuego de la cocina.
Una vez hirviendo vertió hielo en esta y observó como con rapidez el hielo
desaparecía fundiéndose en el agua caliente. Todo normal. Debía ahora entender
cómo lograr un flujo de calor inverso, mediante un ordenamiento de las
moléculas frías y de las moléculas calientes por separado. Su acto de magia se
daría mediante una arbitraria disminución del movimiento de las moléculas frías
en el hielo, las cuales permanecerían en el inmóvil sólido, y con una
consecuente aceleración de las moléculas en el agua hirviendo, las cuales desde
el líquido se expandirían formando un vapor de ascendente movimiento. Pensó que
una forma sería tocando con sus manos el fluido caliente y el frío sólido, al
mismo tiempo que los ponía en contacto, y así de alguna manera su cuerpo
transmitiría el poder. Pero sufrió quemaduras al intentarlo y el resultado fue
el acostumbrado. Además le pareció que carecía de sentido que el poder de un
demonio necesitase de un contacto físico. Supuso entonces que el procedimiento
adecuado era mediante una invocación mental de manifestación del resultado
esperado por él. Entonces, con el hielo y el agua hirviendo por separado,
colocó sus manos sobre ambos, cerró los ojos y comenzó una meditación. Respiró
profundo y sintió el aire entrar en sus pulmones, sintió el latido de su
corazón y el correr de la sangre por sus venas. Alejó todo pensamiento de su
mente y permitió que en ella solo existiese el deseo de la manifestación del
Demonio de Maxwell mediante un flujo de calor a la inversa, desde el hielo frío
al agua caliente. Luego de varios minutos de invocación, sus manos comenzaron a
moverse describiendo sincronizados movimientos ondulados sobre el agua y el
hielo. Sentía como se manifestaba, en casi todo su cuerpo, una energía que se
originaba en su deseo. El movimiento de sus manos se acentuaba cada vez más,
como si dirigiese una gran sinfonía ejecutada por millones de moléculas. En
unos segundos sintió que era el momento adecuado y vertió el hielo en el agua
caliente. Siguió dirigiendo su orquesta, cada vez más frenéticamente, y sentía
como las moléculas de agua danzaban, bajo sus órdenes, logrando un arreglo
ordenado: Moléculas calientes y moléculas frías dirigiéndose a lugares
opuestos. Al cabo de unos momentos detuvo sus manos danzantes, abrió los ojos y
observó, con una satisfactoria sonrisa, como burbujas de vapor salían del agua
que contenía una cantidad de hielo superior al que había agregado.
Ya sabía cómo era
posible poner de manifiesto sus poderes. El mismo experimento lo repitió siete
veces por día, durante siete días. Sabía que el perfeccionamiento de cualquier
destreza era resultado de la práctica. Al final de la semana, podía
transformar, en muy pocos segundos, una olla entera de agua hirviendo en un
sólido bloque de hielo.
Primera Pesadilla
Al final de su
segunda semana de práctica, luego de haber logrado controlar la dirección de
las aguas de varios ríos en su cauce, R se sentía cada vez más seguro de la
manifestación mágica del demonio de Maxwell. Sabía que ahora podía comenzar a
realizar experimentos significativos. Al día siguiente visitaría a su tía T, a
quien se le practicaba diálisis por el deterioro de sus riñones. Si su
predicción no fallaba, su tía no volvería a dializarse.
Se sentía feliz
por su facultad adquirida. A veces se preguntaba si era simple vanidad. Pero nadie
conocía sobre su posesión, por ello no podía presumir de ella ante alguien más.
Sencillamente era feliz por la pureza de su comunión con el demonio.
Esa noche tuvo un sueño. En su sueño su amigo C se encontraba
correteando por el patio de su casa, tal y como muchas veces lo hizo en vida.
Solo que esta vez estaba con el cuerpo ensangrentado y con jirones de su piel
desprendiéndose de él. Pero no era consciente de ello y jugaba con total
felicidad. El sacrificado canino no era consciente de su prematura muerte
física. Aun creía que vivía. R se despertó al instante, en su habitación todo
estaba oscuro y muy calmado. Sintió miedo. No porque la monstruosa apariencia
de su amigo le hubiese asustado, sino porque la ternura de su presencia le
había oprimido el corazón. Él era responsable de que su amigo se encontrara
vagando en un limbo. Pero decidió ignorar el suceso y seguir durmiendo. Total,
solo era un mal sueño. Al día siguiente pondría a prueba su siguiente
experimento.
